XIV POSADA : HOSPITAL DE CAMPANYA

Carme Llasat
24 May

Una mirada sobre la Posada de Santa Anna

Era un viernes como los otros en los que participábamos en una posada. La última había sido en la Merced, dedicada a aquellas personas que están en las cárceles, en centros de reinserción, en CIES,… Esa había sido la vocación con la que se creó la orden mercedaria y ahora, cientos de años después, sigue de plena actualidad. Ya no es necesario ir a tierras africanas para ofrecerse como intercambio. Las cárceles están aquí. Y también lo están las mujeres atrapadas en la prostitución que acogen y acompañan las hermanas oblatas, como conocimos hace unos años en otra posada. Y las personas con problemas mentales acogidas cerca de Moià con las que compartimos un rito de bendición en un lluvioso sábado… Y así, en este camino de evangelización, llegaríamos hasta la quinceava posada, como nos explicó Miguel Angel. Transcribo aquí una frase que él dijo y que sintetiza la labor de las posadas: “El conocimiento tranquilo y amoroso de los excluidos y de los que les cuidan, que la Posada facilita, abre un alto en el camino que nos permite activar mecanismos internos de justicia, misericordia y  compasión  que se encarnan  en Amor activo, amor que ayuda que transforma y desde ahí, lo que el Señor quiera. Por eso el Arzobispado de Barcelona considera a La Posada un instrumento de evangelización de la Diócesis.”

Pues bien, viviendo todavía los coletazos de la pandemia de Covid, una parada en un hospital es algo coherente. Pero no es un hospital cualquiera. Muchos de nosotros cuando llegamos esperábamos encontrar todavía esa imagen de la iglesia llena de personas sintecho, enfermos, algunos con sus perros, tendidos en los bancos, y lleno de sacos de dormir y mantas. Nada más lejos de lo que encontramos a las seis y media cuando fuimos a compartir la cena con el primer turno que ocupaba las mesas instaladas en el claustro. Compartí la mesa con tres hombres de mediana edad y un chico joven, sudamericanos y españoles. Vestidos correctamente, limpios, lejos de aquella imagen que habían transmitido los medios. Usuarios asiduos del Hospital de Campaña donde indicaron que se come mucho mejor que en otros centros y me pidieron que no lo hiciéramos correr, no fuera a llenarse cada día. Una conversación como podía haber tenido en un congreso en el que me sentase con desconocidos y empezásemos a charlar. Faltó tiempo para seguir disfrutando de esa acogida que me dispensaron. No pude conocer luego las experiencias diversas de mis compañeros que se habían repartido en las diferentes mesas, pero creo haber percibido que para todos ellos la sensación fue muy similar.

Entramos en la hermosa iglesia. Mosén  Peio Sánchez, madrileño, un hombre dinámico, culto, luchador, optimista, nos acoge ataviado con su boina y su poncho negro. Podría ser un protagonista de esas películas que tan bien conoce como crítico de cine. Tal vez algún día. Pero aquí, en la iglesia de Santa Ana, no hay tiempo ni lugar para críticas. Sólo para acoger. Hace ya cinco años en que rompiendo todos los esquemas al uso, esas paredes góticas empezaron a albergar a indigentes en un frío invierno. Ahora son ya unas 200 personas las que vienen a desayunar cada día y cuentan con unos setenta voluntarios. No se trata de un servicio social, se trata de ejercer la misericordia, el amor a los pequeños, a los que sufren, a los que lo han perdido todo. Es entrar por la puerta en la que hay un Cristo al que le puedes tocar las llagas. Tocar como Tomás. Tocar no es lo mismo que saber, no es un ejercicio intelectual, pulcro y deleitante. Va más allá. Tocar a los últimos es tocar  la presencia de Dios. Aquellos que entraron por esa puerta ahora son los que a su lado acogen a los que llegan cada mañana y sienten que les salvan la vida.

Davo es uno de ellos. Llegó en los primeros tiempos del Hospital de Campaña. En Senegal había dejado a su familia y se había dirigido a Dakar, y más tarde a Marruecos en busca de un trabajo con el que poder sacarla adelante. Atravesó el estrecho en una patera en la que pasaron tres días perdidos y sin rumbo, repitiéndose que puestos a morir preferían morir en tierra firme. Tuvo suerte. Mucha más que la de otros compañeros que yacen en las aguas del Mediterráneo.  Del CIE a Barcelona y por el camino manos que ayudan: una furgoneta como hogar, una habitación de la cruz roja, cursos de formación, y, finalmente, la parroquia de Santa Ana. Ahora trabaja aquí, tiene un contrato que le ha hecho Peio y un piso al que ha podido traer a su familia.

Santa Ana es también un espacio de experiencia interreligiosa. Es una iglesia católica, conserva todas sus imágenes, retablos y ornamentos, pero eso no es óbice para que cualquier persona, sea cual sea su religión o creencia, no se sienta acogida. Como dice Peio, “somos una iglesia que se abre a atender a los hermanos, pero no escondemos quienes somos ni desde donde lo hacemos, Hussein es un joven marroquí, licenciado en Geografía e Historia, que siente que sólo tiene que agradecer. Partió hacia España en busca de unas mejores condiciones de vida que le permitiesen crear una familia. Inició una larga marcha en la que ascendió por las montañas de Turquía, para luego seguir atravesando y esquivando fronteras. En unos seis meses cruzó diez países y, finalmente. Llegó a Barcelona. Un tiempo de ocupa en una fábrica abandonada. Oyó más tarde hablar de Santa Ana y se dirigió hacia el Hospital de Campaña, donde fue acogido por Peio y una señora italiana a la que recuerda con mucho cariño. Ahora vive en un piso de acogida donde hace poco llegó una familia ucraniana y él mismo cuida del pequeño que ha llegado totalmente alterado por la guerra. De esa forma van forjando una cadena de solidaridad.

Marcelo, que vive con Hussein, llegó hace diez años desde Guinea Ecuatorial. Sin papeles desde entonces, y aunque en Santa Ana recibe formación, es muy difícil poder empezar a trabajar con un contrato si no tienen papeles. Lamentablemente, es un pez que se come la cola porque, aunque hay bastantes empresas interesadas en contratarlos, no pueden hacerlo. Por eso Marcelo sigue esperando pacientemente.

Tras Marcelo, Manuel, podría ser considerado un “socio fundador”. Vivía en la calle y llegó a Santa Ana en el frío invierno del 17, donde encontró acogida y acompañamiento. No ha perdido su sentido del humor y orgulloso habla de sus experiencias de espiritualidad profunda, hasta el punto de que está escribiendo un libro sobre la interpretación de los evangelios desde la cotidianidad y buscando el sentido del humor que se esconde tras muchos pasajes.

Como dice Peio, cuando se tiene menos es está más cerca de Dios. En esta línea experiencial han creado una propuesta para que jóvenes puedan vivir entre las personas acogidas en Santa Ana. Este es el caso de Loreti, que llegó de Paraguay hace 5 años y está haciendo la tesis doctoral de química en el Hospital de San Pablo. Tomó la decisión en un Corpus Christi y desde entonces vive en uno de los pisos de acogida con otra compañera, cerca de Davo y Hussein.

El Hospital de Campaña  tiene ahora un comedor social, servicio de salud mental, servicio médico de voluntarios, revisiones de salud periódicas que llevan a cabo médicos y enfermeras voluntarios, incluso están formando un equipo de fútbol para los jóvenes que vienen al comedor social.  El modelo del Hospital se inspiró en la labor del P. Angel de Madrid, y ahora son ya muchas las ciudades en donde existen hospitales de campaña.

Gracias por todo lo que hacéis, gracias por acogernos entre vosotros, hermanos.

Carmen Llasat

 

 

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